lunes, 3 de octubre de 2016

Tres
El día siguiente llegó antes de que Dorie percibiese qué ella no
había agradecido a Tom las flores que le había traído. Envió una
nota a la Hacienda el lunes, y volvió una simple nota que ella leyó, —
Eres bienvenida. — Así como una propuesta de paz, si alguien
estuviera necesitado.
Encontró bastantes cosas para mantenerse ocupada los días
siguientes. Parecía que todos los amigos de su padre y las personas
con las que ella había estudiado en la misma escuela querían que ella
volviese a casa. Todo el mundo parecía conocer un cliente potencial
para Dorie. No había pasado mucho tiempo cuando ella ya estaba
hasta el cuello de trabajo.
La mayor sorpresa vino el jueves por la mañana cuando ella oyó
el sonido de muchos pasos pesados y observó desde su escritorio
tres enormes e intimidantes hombres que se encontraban en su
terraza apenas más allá de la solera de la puerta. Ellos entraban en
una gran Pick-up cabina dupla que Tom normalmente conducía, y
ella deseó saber si éstos eran los hermanos de él.
Fue a abrir la puerta y se sintió como una enana cuando ellos
fueron entrando en su casa, las espuelas de ellos tintineando
agradablemente en las botas con aspectos como si las hubiesen
tenido mantenidas en un charco.
— Somos los Kaulitz, —dijo uno de ellos. Los hermanos de
Tom. Como ella habia adivinado. Ella les estudió curiosamente.
Tom era alto, pero estos hombres eran gigantes. Dos eran
iguales a Tom con cabellos negros, y otro era rubio con algunas
mechas de cabellos castaños. Todos tenían ojos oscuros, al
contrario de lo de Tom. Ninguno de ellos estaría en cualquier
lista de solteros guapos. Tenían una mirada áspera, y eran
delgados y morenos, y la ponían nerviosa. Los muchachos Kaulitz
hacían que la mayoría de las personas se pusiesen nerviosas. La
única familia que habitaban cerca de ellos tenía la misma reputación
de ellos con temperamentos iguales, eran las muchachos Tremayne
que estaban todos casados y un poco domados ahora. Los Kaulitz
eran relativamente nuevos moradores en Jacobsville, habían llegado
solamente hace ocho años a la vecindad. Pero ellos mantenían
fuertes lazos en San Antonio que parecían difíciles de romper. Ellos
eran pocos sociables en la ciudad. No andaban mucho por
Jacobsville.
No solo eran muy hoscos con las palabras, sino también poseían
los nombres menos comunes que Dorie recordara haber escuchado.
Entraron abruptamente, sin al menos llamar primero, Reynard era lo
más joven. Ellos lo llamaban Rey, tenía los ojos negros fijados
hondamente y una boca delgada, y según los cotilleos, era el de peor
temperamento de los cuatro.
Lo segundo más joven era Leopold. Era más robusto que los
otros tres, aunque no fuese gordo, era también el más alto. Él nunca
parecía afeitarse. Tenía cabellos rubios con algunas mechas de
cabellos castaños y ojos castaños con un brillo peligroso que en los
otros faltaban aparentemente.
Callaghan era el primogénito, dos años mayor que Tom.
Tenía ojos negros como una serpiente. Él no parpadeó. Era más alto
que todos sus hermanos, con la excepción de Leopold, y realizaba la
mayor parte del servicio pesado en la Hacienda. Parecía un español,
más que los otros, y tenía un porte y una arrogancia de realeza, cual
si perteneciese a otro siglo. Dijeron que él tenía las actitudes
anticuadas así como en el pasado.
El fue el primero de los tres en dar un paso en dirección a
Dorie. Miró por encima del hombro, pero se quito el sombrero y
forzó una sonrisa cuando se colocó frente a Dorie.
— Debes de ser Dorothy Wayne, — Leopold dijo con una
sonrisa. — Trabajarás para nosotros.
— S…Sí, creo que trabajaré, — ella tartamudeó. Se sentía
sofocada. Se movió hacia detrás del escritorio y les encaró un poco,
mientras se sentía nerviosa e inadecuada.
— ¿Queréis parar? —dijo Leopold a sus hermanos taciturnos. —
¡La estáis asustando!
Ellos parecían hacer un esfuerzo por relajarse, aunque no lo
consiguiesen totalmente.
— No importa, — Leopold murmuró. Apretó el sombrero en sus
manos. — Nos gustaría que fueses a la Hacienda, —dijo él. —Las
cuentas domésticas están a punto de dejarnos locos. Todavía no
conseguimos mantener bastante lejos a Tom para conseguir que
él te traiga.
— Vino el sábado, — ella dijo.
— Yeah, lo oímos, — Leo meditó. — ¿Eran rosas, no?
Los otros dos casi sonrieron.
— Rosas, — ella aceptó. Los ojos grises de ella dieron una larga
mirada y ellos miraron largamente de uno a otro.
—Olvidó traerte los libros. La oficina está en un verdadero
desorden. —Leo continuó. —Nosotros no podemos hacer las
cuentas de cabezas. Tom garabatea, y nosotros nos
ofrecemos para hacer esto, principalmente, pero no podemos leer lo
escrito por él. Dejó escapar una venta de rebaño en Montana, así
que estamos impedidos de proseguir. — Encogió los hombros y
consiguió parecer desamparado. —No podemos ver si tenemos
bastante dinero en la cuenta para comprar provisiones. —Parecía
hambriento. Suspiró ruidosamente. —Seguramente apreciaríamos
esto si pudieses ir, quizá mañana, ¿aproximadamente a las nueve? Si
eso no es muy temprano.
—Oh, no, —dijo ella. —Estoy despierta y haciendo el desayuno
antes de las seis.
— ¿Haciendo el desayuno? ¿Puedes cocinar, entonces? —
Leopold preguntó.
—Bien, sí. —Ella dudó, pero él miró realmente interesado.
—Hago bizcochos y tocino con huevos.
—Carne de cerdo, —La persona llamada Reynard murmuró.
—Bistec es mejor, — Callaghan aceptó.
—Si puede hacer bizcochos, las otras cosas no importan,
—replicó Reynard.
— ¿Conseguiréis quedaros callados? —preguntó Leopold
claramente. Volvió a Dorie y le dio una evaluación completa, aunque
no en lo sexual. —Usted no parece una contable.
— Cabello agradable, — Reynard observó.
— Mala cicatriz en su mejilla. — Callaghan observó. — ¿Cómo
ocurrió?
¡Cielos, eran ciegos! Ella se quedo muy asustada casi lo bastante
para hablarle. Reveló que había sufrido un accidente.
—Es cruel. —dijo él. —Pero si puedes cocinar, las cicatrices no
importan mucho.
Ella se quedó en boca abierta, y Leopold dio un pisotón a su
hermano mayor.
Callaghan dio un puñetazo en el brazo con el puño cerrado, por
su exageración. — ¡No la insultes! ¡O ella no vendrá!
— ¡No estoy insultando!
Reynard avanzó, mientras empujaba a los otros dos del mismo
modo. Tenía su propio sombrero en la mano. Intentó sonreír. Miró
cual si él no hubiese tenido mucha práctica en esto.
— Nos gustaría que fueses mañana. ¿Iras?
— ¡Ahora mira lo que hiciste! — Leopold disparó a Callaghan. —
¡Está asustada con nosotros!
Ella vaciló.
— Nosotros no la lastimamos. — Reynard dijo suavemente. Dejó
de intentar sonreír; de cualquier manera no era natural. —Tenemos
a la vieja Sra. Culbertson que mantiene la casa para nosotros.
Mantiene siempre un extremo de escoba a su alrededor. Estarás
segura.— Contuvo la sonrisa. Pero los ojos de ella empezaron a brillar.
— Mantiene el extremo de escoba a causa de él, — añadió
Reynard mientras indicaba a Leopold. —Él le gusta…
— ¡No importa! —dijo fríamente Leopold.
— Yo solo iba a decir que tu…
— ¡Cállate! — exclamó Leopold.
— Si vosotros dos no paráis, voy a pelear con ambos aquí mismo,
— dijo Callaghan, y los miró como si quisiese hacer esto.
—Discúlpame.
Murmuraron reacios las disculpas.
— Correcto, eso es. —Repuso su sombrero. —Si puedes venir a
las nueve, enviaremos a uno de los muchachos para recogerte.
— Gracias, conduzco mi propio coche.
— Vi tu coche. Es por eso que estoy enviando a uno de las
muchachos para llevarte, —Callaghan continuó obstinado.
Ella se quedó en boca abierta.
— ¡Es un…un coche viejo muy
agradable! ¡Y anda bien!
— Todo el mundo sabe que Turkey Sanders te lo vendió.
—Callaghan dijo con una mirada enojada. —Es un pirata. Tendrás
suerte si las ruedas no se caen la primera vez que pases por una
curva.
— Eso es cierto, — Rey coincidió.
— Haremos el viaje a nuestro modo y hablaremos con él, —
Leopold dijo, — Devolverá tu coche y tendrás la certeza que será
perfectamente seguro conducirlo. Será la primera cosa que hará
mañana.
— Pero…
Se colocaron los sombreros, le dieron gestos atentos y
caminaron hacia la puerta.
Callaghan paró adelante de la puerta, con la tela abierta.
—Puede hablar y parecer duro, pero él está herido por dentro. No
te herirá nuevamente.
— ¿Él?
— Tom.
Ella dio un paso adelante.
—Mi sentimiento no era igual a los
de él, — dijo suavemente. —Él no sentía nada por mí.
— ¿Y tu no le hiciste lo mismo?
Mirando para abajo, evitó la mirada de ella.
—Fue hace mucho tiempo atrás.
—No debiste haber partido.
Mirando para atrás, los ojos de ella estaban tristes y
lastimados.
— ¡Tenía miedo de él!
Él dio un largo suspiro.
—Era poco más que un niño. Intentamos hablarle. Aunque nosotros
no te hubiésemos visto, supimos de ti a través de otras personas. Estábamos
bien seguros que tú no eras el tipo de chica. Él no escucharía. — Encogió
los hombros. — Quizá nosotros lo corrompimos. Tú podrías preguntarle a veces por
nuestros padres, —añadió fríamente. —Los niños no crecen
odiando el matrimonio sin más ni más.
Había mucho dolor en su rostro. El estaba contando cosas de
las que ella nunca osó preguntar a Tom. Caminó atenta a los
otros dos que se quedaron conversando silenciosos en el porche
—Era tranquilo… ¿él aún es así?
Los ojos de él estaban fríos, cuando él la miró, les pareció que
se habían suavizado un poco.
—Él no es el mismo hombre que era. Tienes que descubrir lo demás por ti.
Nosotros no interferimos en la vida uno del otro, es como una regla.
La mirada de él revisó la cara pálida de ella. — tu también sufriste mucho.
El era tan perspicaz como su hermano. Ella sonrió.
—Supongo que es parte del proceso de volverse un adulto. Ilusiones perdidas y
sueños deshechos, quiero decir. — Cerró sus manos y miró
calmamente para él. — Crecer es doloroso.
— No dejes que lo sea, — dijo de repente. — No importa lo que
él diga, y lo que hace, no lo dejes.
Abrió los ojos con sorpresa.
— ¿por qué?
Puso el sombrero sobre su rostro.
— Ya no se hacen las mujeres como tu.
— ¿Cómo yo? — Ella bromeó.
Los ojos oscuros de él brillaron. Él sonrió de tal modo que, si
ella no estuviese tan enamorada de Tom, caería a sus pies,
—desearía que nos hubiésemos conocido antes, —dijo él. —Tú nunca
deberías haberte ido en aquel autobús. — Inclinó el sombrero. —
Enviaremos a Joey para cogerte por la mañana.
— Pero…
La puerta se cerró detrás de él. Hizo señas a los otro dos y
ellos siguieron sus pasos a la puerta de la pick-up. Era un coche
grande. Era innovador, dinámico y negro, ¡y dio una mirada
amenazadora a los hermanos de Tom Kaulitz!
Anheló saber por qué todos ellos vinieron a pedirle que fuese a
la Hacienda, y por qué habían hecho esto cuando Tom había
salido. Ella lo descubriría. Deseó saber nuevamente sobre el quinto
hermano, el misterioso que Tom había mencionado. Ninguno de
ellos mencionó el nombre Simon.
Después, el teléfono sonó, y era Turkey Sanders.
— Yo solo quería que supiese que voy a ver aquel coche que le vendí por la
mañana y hacer una buena revisión en él, —dijo inmediatamente. —
¡Lo garantizo, va a ser el mejor coche usado que alguna día condujo!
Si usted sale, deje la llave, que va a ser la primera cosa que haré
mañana. Y si hay cualquiera otra cosa qué yo puedo hacer por usted,
señorita, ¡puede preguntar!
Sonó mucho más entusiasmado que cuando le había vendido el
pequeño coche herrumbrado.
— ¡Gracias!
— Ningún problema. Ahora que tenga un día agradable.
El colgó y ella encaró el teléfono vagamente. Bien, nadie podría
decir que vivir en Jacobsville no era interesante, se dijo.
Aparentemente los hermanos también tenían maneras con otros
hombres de negocios. Ella nunca admitió que el coche le había
preocupado todo el tiempo que Turkey le había hablado al
vendérselo, por un precio que parecía muy alto para tanta mala
conservación. Tenía permiso de conducir, que ella tenía que haber
renovado. Pero nunca pudo tener un coche en Nueva York, nada era
igual a tener su propio coche, incluso si pareciese tan mal
conservado.

Era una mañana fría, cuando un hombre joven llegó en un coche
Mercedes negro y mantuvo la puerta abierta para ella.
— Soy Joey, —le dijo. —Los hermanos me enviaron a buscarle.
Estoy contento que usted haya aceptado este trabajo, —añadió. —
Ellos no me daran dinero para gasolina hasta que tenga las cuentas
equilibradas. He tenido unos escalofríos cuando estoy fuera de los
camiones. —Meneó la cabeza mientras esperaba que ella hubiese
salido completamente fuera de la solera de la puerta, de forma que
él pudiera cerrar la puerta. —Odio el olor de gasolina.
Cerró la puerta, y salió mientras dejaba una nube de polvo.
Ella sonrió. Los hermanos eran personas extrañas.
La Hacienda era inmaculada, sus cercas de madera blancas, una
casa con ladrillo aparente con un largo y extenso césped, piscina y
cancha de tenis. También, tenía bancos de ladrillos el granero
era tan grande que ella imaginó que podría guardar un rebaño
entero de caballos.
— ¿Grande hum? — Joey sonrió. — Los hermanos hacen
grandes negocios a gran escala, son tan meticulosos especialmente
Cag. Confiere personalmente todo el lugar.
— ¿Cag?
— Callaghan. Nadie en la familia lo llama así. — Caminó en su
dirección, y advirtió. — Dijeron que usted es la razón que Tom
nunca se haya casado.
El corazón de ella dio un salto.
— ¿Está bromeando?
— Sí. Él ni mira a otras mujeres por estos días. Pero cuando él
oyó que usted estaba volviendo, se afeitó la barba y compró ropas
nuevas. — Balanceó la cabeza. — Nos asustó a todos, cuando lo
vimos sin la barba.
—No puedo imaginar una cosa de esas, — dijo confusa.
—Sufre con su pierna, pero es elegante en un caballo, solo lo
mismo por usted le ciega.
—Pienso que él mejorará con el tiempo.
—Espero que sí. —Paró frente a la casa, salió fuera del coche y
la ayudó a bajar.
—Usted baja aquí.
— Gracias Joey.
Él la condujo adentro por la puerta principal y bajó por un
pasillo acarpetado a una oficina decorada con paneles.
—La Sra. Culbertson estará aquí en cualquier momento y traerá un poco de
café, té o cualquiera otra bebida. Los hermanos tuvieron que ir a
trabajar o estarían aquí para recibirla. No se preocupe, luego
estarán de vuelta. Tom estará brevemente aquí y le mostrará
los libros. Está intentando medicar a un potro, allá en el granero.
— Yo no puedo imaginarlo con uno, — dijo un poco confusa.
Inclinó el sombrero.
— Fue un placer. —Salió con una pequeña señal.
No hacía mucho tiempo que había salido cuando una pequeña
mujer, rolliza con brillantes ojos azules y cabellos grises entró,
mientras secaban sus manos en el delantal. —Debes ser Dorie
Wayne. Soy Betty Culbertson, —se presentó. — ¿puedo traerte una
taza de café?
— Oh, sí, por favor.
— ¿Con crema y azúcar?
—Me gusta solo.
La mujer mayor sonrió.
—Lo hago así para los chicos. No les gustan los dulces. Tienen miedo
de ponerse gordos, solo no perdonan los bizcochos. Comerían todos
bizcochos si yo los hiciese.
Las preguntas que los hermanos le habían hecho, si le gustaba
cocinar a ella, volvió a asombrarle.
— ¿Ninguno de ellos cree en los matrimonios? — ella preguntó.
La Sra. Culbertson balanceó la cabeza.
—Están solteros hace mucho tiempo ahora. Son de gestos rígidos y ninguno
de ellos tiene mucho que ver con las mujeres. No es que ellos no admiren la
belleza de las mujeres, — añadió con una sonrisa. — Pero ninguno
tuvo mucha suerte. Ahora, Tom está mejor. Escuché que él está
así por tu causa.
Mientras enrojecía Dorie intentó hallar las palabras acertadas
para contestarle.
—Sí, —dijo Tom entrando. — Solo que no es cierto que
ella supiese esto.
— OH. Disculpa — dijo la Sra. Culbertson mientras se reía.
Él encogió los hombros.
—No causó ningún daño. Me gustaría un café. Y si ve a Leopold. . .
— Yo le aplastare su cráneo, si lo hago, —dijo la mujer mayor
abruptamente, y el comportamiento de ella alteró enteramente. Los
ojos azules de ella desataban chispas. — ¡Aquel demonio!
— ¿Hizo esto nuevamente, adiviné?
Hizo un ruido bravo por la nariz.
— Hablé por él y hablé…
— ¿Pensaría qué él se cansaría de llevarse unos escobazos, no?
— Tom preguntó agradablemente.
— Uno de estos días él no será bastante rápido, — Dijo la Sra.
Culbertson con una sonrisa mala.
— Hablaré con él.
— Todo el mundo ya habló con él. Eso no es nada bueno.
— ¿Qué hizo? — Dorie preguntó curiosamente.
La Señora Culbertson miró a Tom que empezó a
contestar con los ojos que prometían arrepentimiento.
— Disculpa, no lo puedo decir — él dijo abruptamente.
Señora Culbertson le hizo señas con la cabeza mientras sonría
a Dorie.
— Hice café hace poco. Estaré de vuelta en un minuto.
Ella salió y los ojos oscuros de Tom se deslizaron por
encima de la bonita figura de Dorie.
— Pareces estar muy cómoda, —él dijo. Los ojos de él se
elevaron en apreciación mientras miraban a los cabellos flameados
de ella. — Yo siempre amé tu cabello. Eso fue la primera cosa que
me llamó la atención. Normalmente yo admiro mucho el cabello de
una mujer. Y se que me fascina mucho por la manera que es.
La mano esbelta de ella fue inconscientemente a las ondas de
platino.
— Es fácil de mantener así. — Cambió al otro pie. — Tus
hermanos fueron a casa ayer y me pidieron venir a mirar las cuentas
domésticas. Dicen que estaban pasando hambre.
— ¿También, parece qué les hago eso a ellos? — preguntó
ruidosamente. — ¡Buen Dios, pasando hambre!
— Son muy agradables, — ella continuó. — Hablaron con
Turkey Sanders y él está arreglando mi coche.
— El mecánico de él está arreglando tu coche, —le dijo él. —
Turkey Sanders está teniendo que fijarse un diente.
Sabía que no debería preguntar. Pero tenía que preguntar.
—¿Por qué?
— Hizo una observación la cual a Cag no le gustó.
— Cag. Oh, sí, es el primogénito.
El notó qué ella se acordó de eso.
— Tiene treinta y ocho años, si tú lo llamas viejo. —Anticipándose a su próxima
pregunta, él añadió. —Leo tiene treinta y cuatro años. Yo tengo treinta y seis años.
Rey tiene treinta y dos años.
— ¿Así que Cag le pegó a Turkey Sanders?
— Le pegó en la cabeza.
— ¿Entonces quién rompió su diente?
— Fue Leo.
— ¿Cag se enfadó, pero Leo le pegó a Turkey Sanders? —
preguntó fascinada.
Él afirmó con la cabeza.
—Hizo eso para lo salvarlo de Cag.
—No comprendo.
—Cag estuvo en las Fuerzas Especiales, —le explicó. —Era
capitán cuando ellos lo mandaron de vuelta del Oriente Medio hace
algunos años. —Encogió los hombros. —Sabe mucho sobre luchas
marciales para ser dejado suelto con su temperamento. Así que
nosotros intentamos proteger a las personas de él. — Él sonrió.
— Leo se imaginó que si él le pegaba primero a Turkey, Cag no le pegaría.
Y él no le pegó.
La cabeza de ella tembló un poco.
—Tus hermanos son…sin igual, — dijo finalmente, después de no haber hallado
una palabra buena para los describirlos.
Él se rió.
—Tú no sabes ni la mitad de esto.
— ¿Ellos realmente odian a las mujeres?
—A veces, —dijo él.
—Apostaré cuando ellas se den una vuelta por aquí después,
—mencionó ella, — especialmente cuando las personas den una
buena ojeada a esta Hacienda.
— La Hacienda es solo una parte de las propiedades que
poseemos, — él contestó. — Somos la cuarta generación aquí en
Texas, y heredamos millares de acres de tierra y cinco Haciendas.
Estábamos casi quebrados cuando nuestro viejo padre murió, — él
meditó. —Él realmente no tuvo mucha cabeza para pensar. El
corazón principalmente y sin dinero. Vio el fin de su propio imperio.
Pero nosotros sacamos eso como experiencia
— Así lo espero, — ella aceptó.
— El único problema es, que si ninguno de nosotros nos
casamos. ¿Entonces no tendremos descendientes qué vayan a
continuar llevando nuestro imperio?
Ella pensó en la respuesta más terrible a aquella pregunta, y
entonces soltó una carcajada.
Él subió una ceja.
Puso una mano en su boca hasta que se encontró bajo control.
— Disculpa. Yo solo estaba pensando en aquella película que el
hombre se queda pesado…
Él le dio una mirada seria.
Ella preguntó
— ¿Dónde están las cuentas?
Él dudó durante un minuto, y entonces abrió el cajón de
escritorio y sacó los libros de caja, mientras los colocaba encima
del inmaculado escritorio de madera de Cerezo.
—Esto es muy bonito —observó ella, mientras pasaba la mano
sobre la superficie sedosa y pulida.
— Era de nuestro abuelo, —habló él. — Nosotros no quisimos
alterar muchas cosas. Nuestro viejo abuelo estaba enamorado de
como era su oficina.
Dio una ojeada, confusa con la madera que decoraba el panel
claro. No había ninguna cabeza o armas en cualquier lugar.
— A él no le gustaba los trofeos, —habló él. — Ni a nosotros.
Si cazamos, usamos todas las partes de la caza, pero no tenemos las
cabezas montadas. No parece totalmente una broma.
Ella giró y sacó una silla del escritorio, y le miró con curiosidad.
— Ninguno de tus hermanos es como les imaginaba.
— ¿De qué modo?
Ella sonrió.
— Eres muy guapo, —dijo ella, mientras evitaba los
ojos de él cuando los de él empezaron a brillar. — Y ellos no lo son.
Y todos ellos tienen ojos muy oscuros. Los tuyos son grises.
— Heredaron los ojos de nuestra madre, — él dijo. — Y yo me
parezco. — Indicó con la cabeza para un retrato, en la pared
detrás del escritorio. Fue en el inicio del siglo veinte y parecía
mucho con Tom, aparte del cabello plateado.
— De forma que tu te parecerás con ella. — ella observó
— Casualmente. Se retrasará muchos años, espero.
Ella le miró, porque él vendría a sentarse a su lado. — Tú te
quedarás con el cabello plateado, solo con el tiempo.
Él miró a la suave cara de ella. Los ojos de él se estrecharon
cuando pasó la mano sobre su rostro. — El Ceniza en tus cabellos no
hará que tú te pongas menos bonita, — dijo calmadamente. —Se
mezclará dentro y esto le hará hasta ponerte más bonito.
El comentario fue dicho suavemente, y tan poético que la
avergonzó. Sonrió inconsciente, mientras su mirada era atraída por
la camisa él. Él tenía el cuello abierto, porque el tiempo era
caluroso. Los pelos suaves y negros de su pecho salían por el botón
abierto de la camisa, y los recuerdos tan anheladas de la noche que
ellos había tenido vino a tono, mientras ella era atraída junto de él.
Él había sacado la camisa, para dar total acceso a las manos
inquietas de Dorie, sobre el cabello encaracolado de su largo tórax,
Le gustaba sentir los labios de ella en él…
Ella tosió, limpiando su garganta, y miró afuera, con el rostro
ruborizado.
—Mejor vamos a trabajar.
La mano delgada de él agarró el brazo de ella, muy suavemente,
y él tiro de ella en torno a sí. Las manos de él tuvieron libre acceso
a los botones de su blusa. El miró lentamente los ojos
asustados de ella, uno por uno, abrió los botones lentamente.
—Que es... que tú... ¿estás haciendo? — ella dudó. Ella no
podía respirar. Estaba haciendo locuras por todo su cuerpo. Ella ya
sentía las rodillas débiles y la visión de aquel pecho ancho
completamente desnudo sacó un suspiro lánguido de sus labios.
Él la agarró por los codos. Y a atrajo a él, de forma que los
labios de ella se quedasen al nivel de sus hombros. Podía oír los
latidos frenéticos del corazón de él.
—Está mucho mejor así —dijo él ronco. Mientras admiraba los
senos desnudos de Dorie. — Así junto a mí, —susurró roncamente,
mientras la tiraba al encuentro de su cuerpo, él bajó la cabeza,
mientras llevaba sus labios abajo… —así. . ¿Te gusta eso?
Estaba sintiendo por todo el cuerpo nuevamente. Ya hacía ocho
años, pero aparentemente ningún día menos vulnerable a las caricias
de ella. Puso las manos frías de ella en su pecho cubierto de
pelo suave y las movió mientras su boca dura tomaba posesión
lentamente de los dulces labios de ella.
Vaciló unos pocos segundos mientras acariciaba lentamente los
labios de ella, con una larga mirada veía la sumisión hambrienta y
lánguida en ellos. Había una pequeña sonrisa sugestiva en sus labios
mientras él separaba los suaves labios de ella.



HOLA!! BUENO AQUI ESTA SOLO UN CAPITULO ... BUENO YA SABE 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO

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