CUATRO
Ella no tenía ningún orgullo, ella entendió eso algunos
segundos
después de sentir los primeros toques de los labios de el
en los
suyos. Era un total desastre como mujer liberada.
Las manos de él habían ido a su cintura después ella
sintió
cuando él empezó a moverlas en dirección a sus suaves
senos. Él
dejó que ellas reposasen allí hasta que sintió un leve
estremecimiento cuando los labios de Dorie emitieron un
gemido, y
entonces las manos fuertes de él se elevaron y
acariciaron con
furor los senos de ella.
El sentía su boca suspirar. Y sintió su propio cuerpo
reaccionar
a esto, cuanto él la tocó, con labios ávidos succionaba
un pezón
rígido, mientras con manos inquietas acariciaba el otro.
Su boca se volvió más violenta. Ella se sentía presa a él
mientras las manos de él se movían por su cuerpo. La
blusa de ella
fue sacada con una urgencia, y segundos después sintió el
contacto
de sus senos desnudos contra el pecho fuerte y cubierto
de suave
pelo.
Ella gimió, mientras sentía los labios de él en su
cuerpo.
Él miró en los ojos de ella, pero no la dejó salir. La
cara rígida
de él era inexpresiva. Mientras los ojos soltaban
chispas. Él se
movía deliberadamente de lado a lado haciéndola vibrar
con esto,
mientras disfrutaba el placer que esa caricia provocaba
en el
cuerpo de Dorie sin que ella consiguiese disfrazar.
— Tus pezones están rígidos contra mí. — Habló mientras
la
agarraba más íntimo. — Tuve sus senos en mi boca en la
noche en
la que casi hicimos el amor, antes de salir de la cama
fugándote de
mí. ¿Te acuerdas de lo qué hiciste después?
Ella no podía hablar. Le miró con deseo controlado y
miedo.
— Deslizaste tus manos por mis pantalones tejanos, —
susurró
ásperamente. — Y me acariciaste. Fue cuando yo perdí el
control.
El gemido de ella era de vergüenza, no de placer. Tocó su
tórax
con la cara y lo abrazó junto a sí, mientras temblaba. Lo
siento,
—susurró trémula. —Lo siento... mucho…!
La boca de él halló los ojos cerrados de ella y les besó.
— No
cierres tus ojos, — susurró ásperamente. — Yo no estoy
diciendo
nada que sea vergonzoso. Yo solo quiero que tú recuerdes
por qué
terminó del modo que terminó. Eras muy joven y yo no
reconocí
esto. Yo te alenté para que te quedases desinhibida, pero
yo nunca
haría eso si supiese lo inocente que eras. La boca de él
deslizó
sobre la frente de ella con ternura jadeante, mientras
las manos de
él se deslizaban por su espalda más abajo, en un abrazo
más íntimo.
—Yo te quería, —él susurró. Las manos de él se
contrajeron y su
cuerpo se puso rígido con una nueva ola de placer que
ella podría
sentir. Las piernas de él temblaron. —Yo aún te quiero,
Que Dios
me ayude, — jadeó al mismo tiempo de ella. —Yo nunca
había tenido
tanto placer, como el que tengo contigo. Yo ni aun
necesité
desnudarme primero. Las manos de él empezaron a temblar,
cuando
él se movió sensualmente contra las caderas de ella. La
boca de él
se deslizó suavemente mientras la besaba nuevamente,
tocaba y
sondeaba hasta que ella tembló nuevamente con placer.
— Pensé que lo sabías, — ella lloriqueó.
— No, no sabía. Las manos de él se movieron para la base
de su
espina y la levantó suavemente mientras a tiraba al encuentro
a su
cuerpo musculoso. Contuvo la respiración en una nueva ola
de placer.
— Dorie, — él gimió.
Ella no pudo pensar en nada. Cuando él llevó una de las
manos de
ella y apretó de encuentro a su miembro rígido, ella no
hizo ningún
movimiento en protesta a esto. Abrió la mano y dejó que
se
moviese suavemente en contra de él, estaba en llamas por
la
necesidad de tocarlo.
— Ocho años, — dijo trémula.
— Y nosotros aún estamos sufriendo con el hambre de uno
por
el otro, — susurró él junto a su boca. La mano de él se
puso más
insistente. — Duramente, — habló con la respiración
presa.
— Esto…No es verdadero, — dijo contra su tórax.
— No, pero es dulce. ¡Dorie…! — Él gimió roncamente, el
cuerpo estremeciéndose entero.
La mano de ella paró inmediatamente. —lo siento, susurró
fuera de sí. — ¿Yo te herí?
Él no estaba respirando normalmente. Mientras él
enterraba su
mejilla en la base de su cuello, estaba trémulo como una
hoja al
viento. Ella pasó su boca por la mejilla, la barbilla,
los labios, la nariz
de él, mientras susurraba junto a él.
La mano de él agarró su muslo, él estaba herido, así que
ella
tenía miedo que tuvo que protestar. Luchó por su salud,
avergonzada por su debilidad.
Ella aún estaba besándolo. Él sentía los senos de ella
moviéndose contra su pecho, mientras se sentía más
intensa su
palpitación, aumentaba el dolor horrible debajo de su
cinturón.
Él la estaba agarrando firmemente con sus manos trémulas.
Ella bajó y se levantó tranquilamente contra él. Ella
supo ahora,
como no supo ocho años atrás, que se había equivocado con
él. Se
sentía culpable y avergonzada por haberlo empujado
descontrolada
lejos de sí.
Los dedos de ella tocaron los cabellos lisos de él
amorosamente. Los labios de ella acariciaban los párpados
de él y
los besaron suavemente. Estaba vulnerable y ella quiso
protegerlo.
Ella lo protegería.
La ternura estaba haciendo cosas extrañas en él. Él aún
la
quería con locura, pero esos pequeños besos confortantes
hacían a
su corazón calentarse. Él nunca había sido tocado de tal
modo por
una mujer; él nunca se había sentido así.
Ella intentó alejarse, mientras él la tiró hacia sí
nuevamente.
—No pares, — él susurró, más tranquilo ahora. Las manos
de él
habían seguido por la piel sedosa de su espalda, y él
sonrió mientras
oía los murmullos de los labios de ella en su piel.
— Yo lo siento... mucho. — ella susurró.
Los dedos de él se deslizaron nuevamente debajo de la
blusa
hasta explorar la suavidad de los senos de ella. — ¿por
qué? — él
preguntó.
—Estas herido, — ella dijo. — Yo no debería haberte tocado…
Él se rió maliciosamente. — Yo lo quise
— Yo aún no puedo acostarme contigo, — dijo
miserablemente.
— ¡No me preocupa si el mundo entero hace esto, yo no
puedo!
Las manos de él abrieron y envolvieron los senos de ella
tiernamente. — Tú quieres, — murmuró mientras los
acariciaba.
— ¡Claro qué quiero! Los ojos de ella se cerraron y ella
se movió
más íntima a las manos de él. — Oh, la gloria, —
consiguió decir
firmemente, mientras temblaba.
—Tus senos son muy sensibles, — dijo él contra sus
labios. — Y
suaves y me gusta sentir la seda tibia debajo de mis
manos. Me
gustaría colocarte sobre el escritorio de mi abuelo sacar
tu blusa y
poner mis labios en tus senos. Pero la Sra. Culbertson
está haciendo
café. — Él levantó la cabeza y la miró con los ojos azules
ofuscados. — Gracias a Dios, — susurró absorto.
— ¿Gracias Dios por eso o que? — Preguntó brusca.
— Milagros, quizá, — él contestó. Él alisó la blusa
nuevamente
para encima y los ojos de él vieron los senos bonitos,
senos rosáceos
con los pezones en un rosa más oscuro. — Podría comerlos
ahora
mismo como bombones, — dijo en un tono áspero.
La oficina estaba tan quieta que ningún sonido se podía
oír
además de la respiración de ella mientras lo miraba.
Los ojos pálidos de él eran casi de pesar. — Pienso que
te deseo
hasta la muerte — él comentó brusco mientras doblaba el
cuerpo.
Ella sintió la boca de él parar encima de sus senos con
una
sensación maravillosa. Con los ojos abiertos, sintió la
respiración
pararse en su garganta, mientras temblaba.
Entonces él observó, y vio los ojos de ella. Hizo un
sonido que
vino del fondo de su garganta mientras con la boca
abierta cuando
él la estimuló más íntimo, de forma que él casi la tuvo
completamente en aquel tibio y húmedo rincón.
Ella gimió. El placer creció a alturas insoportables. Los
dedos
de ella enroscaron en el cabello de él y lo empujó más
íntimo hacia sí.
Ella murmuró nítidamente las sensaciones que sentía. Las
caderas
de ella se movieron involuntariamente, mientras buscaba
el cuerpo
de él.
La succión se volvió tan dulce que ella repentinamente se
arqueó para atrás, y se habría caído si no tuviese el
apoyo de los
brazos de él. Ella contuvo la respiración y se
convulsionó, mientras
doblaba el cuerpo en puro éxtasis.
Él sentía las contracciones profundas del cuerpo de ella
debajo
de sus labios con un orgullo intenso. La boca de él
avanzó un poco
áspera, y las convulsiones cesaron.
Solo cuando sintió que ella empezaba a relajarse él
atrajo el
rostro parado de ella para sí de forma que él pudiera
mirar la cara
de ella.
Ella no podía respirar. Lloró mientras observaba los ojos
pálidos
de él. Las lágrimas vinieron, calientes y rápidas, cuando
ella percibió
lo que había acontecido. ¡Y él había visto esto!
—No hagas eso, — él la increpó tiernamente. Mientras él
cogía su
pañuelo y secaba las lágrimas de los ojos rojos y sonaba
la nariz de
Dorie. — No tengas vergüenza.
— Podría morir de vergüenza, — ella se lamentó.
— ¿Por eso? — preguntó suavemente. — ¿Por dejarme ver?
Sus mejillas se pusieron rojas. — ¡Yo nunca, nunca…! —
dijo
ella.
Él puso un dedo largo contra los labios de ella. — Yo
nunca vi
sentir eso, —susurró él. —Nunca supe que una mujer podría
haber
alcanzado el orgasmo solo por tener su seno succionado
por la boca
de un hombre. Es la experiencia más bonita que he tenido.
Ella ya no más lloraba ahora. Ella lo estaba mirando, con
sus
ojos abiertos, cariñosos y curiosos.
El estiró el cabello de ella para detrás salvajemente. —
Valió
todo qué yo sentí antes, — murmuró secamente.
Su rostro se ruborizó más. — Yo no puedo quedarme aquí, —
ella le habló de modo frenético. — Tengo que irme…
— ¡Infierno! No, tú no te vas, — dijo trémulo. — Tu no te
iras
lejos de mí una segunda vez. Ni lo piense en salir
corriendo.
— Pero, — comenzó insistentemente.
— ¿Pero que? — preguntó corto. — ¿Pero tu no me puedes
tener fuera del matrimonio? Sé eso. Yo no te estoy
pidiendo que
duermas conmigo.
— Será como una tortura para ti.
— Sí, — dijo simplemente. — Pero la alternativa es nunca
tocarte. — La mano de él se deslizó por encima de la blusa
de ella y
él sonrió suavemente a la respuesta inmediata del cuerpo
de ella. —
Amo esto, — dijo bruscamente. — Y tú lo harás.
Ella hizo un mohín. — Claro que lo hago, —murmuró ella. —
Yo
nunca dejé a otro tocarme. Y hace ocho años desde que yo
incluso
fui besada.
— Lo mismo aquí, — habló dijo abruptamente.
— ¡Ha! ¡Tú tienes una separación en el pasado! — ella le
echó
en cara, llena de frustración y embarazo.
— Yo no tuve sexo con ella, — él dijo.
— Dicen que ella es muy bonita.
Él sonrió. — Lo es. Bonita, elegante y amable. Pero yo no
siento
deseo por ella, por más que ella lo haya sentido por mí,
yo le dije que
nosotros éramos amigos. Y lo somos. Y eso es todo cuanto
somos.
— Pero…pero…
— ¿Pero qué, Dorie? , preguntó él.
—Los hombres no dejan de besar a las mujeres solo porque
ellos fueran rechazados una vez.
— Era mucho peor que hace poco haber sido rechazado, — él
le
dijo. — Salí de viaje. Y estaba viviendo ásperamente con
eso,
especialmente cuando tu padre llevó algunos recortes para
mí y me
habló de una parte de todo su pasado. Yo me sentía muy
insignificante. Los ojos estaban con dolor por el
recuerdo. — Odié
haber hecho un enemigo más, tu padre. Era un hombre
bueno. Pero
nunca tuve mucho interés en el matrimonio o dejado a
cualquiera en
llegar tan cerca de mí como tu hiciste. Si tú no tenías
miedo, yo tenía
miedo del matrimonio.
— Cag dijo que tus padres no eran una pareja feliz.
Él elevó la ceja — Él nunca habla sobre ellos. Esa es la
primera
vez.
— Él me pidió que te preguntase por ellos.
—Comprendo. —Él suspiró. —Bien, ya te hablé un poco sobre
eso, pero vamos a tener que hablar más tarde o temprano
sobre
ellos, y sobre algunas otras cosas. — Levantó el cabeza
pensativo y
entonces la miró con una sonrisa maligna. — Pero en el
presente,
cierra mejor tú sostén y coloca tu blusa para adentro e
intenta
mirarme como si tú no hubieras hecho el amor conmigo.
— ¿Por qué?
— La Sra. Culbertson está viniendo por el pasillo.
— ¡OH, Dios mío!
Ella tanteó con manos temblorosas y cerró los botones de
la
blusa, su cara roja, el cabello desordenado salvajemente
que luego
se puso a arreglarlo. Él puso la camisa de él por encima
de los
hombros, los ojos plateados de él lleno de miedo como si
él hubiese
hecho esfuerzos frenéticos para mejorar su apariencia.
— ¿Suerte de no haberte colocado encima del escritorio,
no
Es asi? — él dijo, mientras se ría.
Había una ranura en la puerta medio cerrada y la Sra.
Culbertson entró con una bandeja. Tenía la intención de
colocar
encima del escritorio intacto que ella aun no dirigió lo
mirada a
Dorie.
— Aquí está. Disculpe haber demorado tanto, pero yo no
pude
hallar la tetera para colocar la crema.
— ¿Quién va a tomar café con crema? —preguntó Tom
curiosamente.
— Fue la única disculpa que pensé, — ella habló
seriamente.
Él pareció intranquilo. — Gracias.
Ella le sonrió y entonces miró a Dorie. Los ojos de ella
estaban brillantes cuando salió cerrando la puerta
La cara de Dorie se puso más colorada. Sus ojos grises
estaban
abiertos y turbulentos. La boca de ella estaba hinchada
mientras
vacilante ella dobló los brazos encima de los senos.
Los ojos de él fueron a la blusa de ella y volvieron a su
rostro
nuevamente.
— Cuando miré fijamente tus senos, me excité, y me quedé
un
poco....
— ¿Yo te herí?
La pregunta era verdadera, a ella le extrañó la pregunta.
Ella meneó la cabeza, mientras evitaba los ojos de él.
Estaba
avergonzada al recordar lo que había ocurrido.
Él agarró la mano de ella y la condujo a la silla detrás
del
escritorio. — Siéntate un poco mientras te pongo una taza
de café.
Ella le miró un poco excitante. —Tienes algo equivocado
conmigo, ¿tu crees? — ella preguntó con honesta
preocupación.
—Quiero decir, es normal…¿No?
Los dedos de él a tocaron en la mejilla suave. Meneó la
cabeza.
—Las personas no pueden ser tan tímidas. Tú podrías no
tener
repulsión a cualquiera otro hombre. Quizá está espera
haya sido
larga. Quizá sea que tu estas en sintonía perfectamente
para mí.
Tal vez podría realizar la misma cosa besando tus muslos,
o tu
barriga.
Ella enrojeció. — ¡tu no lo harás!
— ¿Por qué no?
El pensamiento de esto la hizo sentir vibraciones por
todo el
cuerpo. Sabía que los hombres besaban a las mujeres en
lugares
íntimos, pero ella no tenía conocimiento total sobre eso.
— Entre tus muslos es mucho más vulnerable de ser acariciado,
— dijo simplemente. —Sin mencionar tus nalgas, tus
caderas, tus pies,
que — él añadió con una sonrisa suave. — Hacer el amor es
un arte.
No hay ninguna regla fija.
Ella lo vio traer el café en una taza de cerámica. El le
dio la
taza y dejó que sus dedos se tocasen deliberadamente
antes de
alejarse.
Él la quería tanto que él poco podía resistir, pero, sin
embargo,
aún era muy temprano. Tendría que ir lentamente y no
apresurar las
cosas. Ella no solo tenía miedo de él, sino también de
una intimidad
real. Él no podía dejar que las cosas fueran muy lejos.
—¿De que asunto vamos a conversar ahora? — ella preguntó
después de beber la mitad de su café.
— Repollos y reyes, —meditó él. Él se sentó enfrente de
ella, él
cruzó las largas piernas, y con ojos posesivos acarició
la cara de
ella.
— No me gusta el repollo y no conozco ningún rey.
— ¿Entonces qué te parece que nos acostemos junto en el
sofá?
Los ojos de ella brillaron, hasta ver la diversión en los
ojos de
él, por encima de su taza. — No bromees. No soy lo bastante
sofisticada para esto.
— Yo no estoy bromeando.
Suspiró y tomó otro trago de café. — No existe futuro en
esto.
Sabes eso. — dijo ella.
Él no reconocía esto. Ella estaba viviendo de recuerdos,
convencida de que él no tenía nada además del placer para
ellos.
Sonrió recónditamente cuando pensó en el futuro. El
destino le
había dado una segunda oportunidad; y él no iba a
desaprovechar
esa ocasión. —Sobre estos libros, —dijo en un tono
eficiente.
—Hice un esfuerzo con ellos, pero aunque yo puedo hacer
matemática, mi caligrafía no es lo que debería ser. Si no
puedes
leer ninguno de los números, márcalos y yo te diré lo que
son. Tengo
que conocer un comprador precavido allá debajo en el
granero en
unos minutos, pero estaré en algún lugar cercano todo el
día.
— Bien. — habló ella.
Terminó su café y puso la taza en la bandeja, mientras
miraba
la hora en el reloj. — Yo ya voy. Él la miró con ojos
ambiciosos y
apoyó los brazos en la silla de ella para a estudiarla. —Vamos
a salir
mañana por la noche a bailar.
El corazón de ella dio un salto. Estaba acordándose como
era
cuando ellos estaban íntimamente juntos y su cara
enrojeció.
Él levantó la ceja y sonrió. — No necesitas estar tan
preocupada. El tiempo para preocuparse será cuando nada
ocurra— le
aseguró.
— Siempre ocurrirá, — ella contestó.
Él aceptó con la cabeza. — Siempre, — él estuvo de
acuerdo.
—Yo solo tengo que tocarte. —Sonrió suavemente. —Y
viceversa,
—añadió con un mirada maligna.
— Era joven, — ella lo recordó.
—Aún lo eres, — él la recordó.
— No tanto. — ella aventuró.
— Nosotros dos aprendimos algo hoy, — dijo calmamente. —
Dorie, si tu sientes tanto placer con tan pocas caricias,
intenta
imaginar como te sentirías si nosotros fuésemos hasta el
fin.
Los párpados de ella temblaron. La respiración de ella
vino
como un susurrar de hojas.
El bajó la boca sobre los labios de ella con ternura
primorosa
mientras los separaba con los suyos. — ¿Cuál es el
problema
realmente? — preguntó junto a la boca de ella. — ¿Tienes
miedo de
la penetración final?
El corazón de ella latió frenéticamente y entonces se
separó de
él. — ¡Tom! — Gritó el nombre de él.
Él respiró hondamente de forma que él podría ver los ojos
de
ella. Él no estaba sonriente. No era ningún chiste. —Tú
explícame
mejor, — dijo calmadamente.
Ella se mordió el labio inferior, pareciendo preocupada.
—Nunca se lo contaré a nadie. — Él murmuró
— Sé eso. — Respiró hondo. — Cuando mi prima Mary estaba
casada, vino a visitarnos después de terminar su luna de
miel.
Estaba tan contenta y entusiasmada. — Ella hizo un mohín.
— Dijo
que le dolió mucho, que había sangrado mucho y que su
marido la
había mirado asombrado porque ella había llorado. Ella
dijo que él
aun ni le había dado un beso. Él apenas…penetró en ella…!
El maldijo respirando profundamente. — ¿Tu nunca hablaste
con nadie sobre sexo?
— No era algo que yo podría discutir con mi padre, y Mary
era
la única amiga que yo tenía, —dijo ella. —Ella dijo que
todas las
cosas escritas sobre sexo son meramente ficción, y que la
realidad
es muy diferente y que a pocas les gusta, que la madre de
ella dijo
que una mujer aceptaba eso solo por el placer de tener
hijos.
Él agarró las manos de ella, mientras balanceaba la
cabeza.
— Quisiera que tú me hubieses hablado de esto hace ocho
años.
— Te habrías reído, — ella contestó. —Tú no creíste que
yo era
inocente.
Él observó sus ojos. —Lo siento, —dijo pesadamente. —La
vida
enseña duras lecciones.
Ella pensó en su propia experiencia como modelo. —Sí,
enseña.
Él se quedó de pie y la miró con una mirada preocupada. —¿Tú
no
fuiste a películas calientes?
— Esas mujeres no son más vírgenes. — ella devolvió.
— No. No sé si ellos lo son. Los ojos de él estrecharon
cuando
él buscó la cara de ella. —Y yo no sé que decir. Yo nunca
tuve una
mujer inocente hasta ti. Quizá duela. Pero yo te prometo,
será solo
una vez. Soy bastante diestra para hacer esto bueno para
ti. Y yo
voy.
— No va a ser de aquel modo, — recordó concisa trémula,
mientras se negaba a tener deshechos sus sueños de
matrimonio y
niños que ella siempre quiso tener con él. — Vamos a ser
solo
amigos.
Él no habló. Su mirada no vacilo. — Compararé después
contigo
sobre los libros, — dijo calmamente.
— OK.
Él empezó a salir, lo pensó mejor y apoyó nuevamente su
peso
en los brazos de la silla. — ¿Recuerdas lo qué ocurrió
cuándo comencé a besar
y succionar tus senos?
Ella se quedó escarlata. —Por favor…
— Será de la misma manera, — habló uniformemente. — Será
un poco así. Tú no pensarás en el dolor. No podrás ni
sentir cualquier
dolor. Tú te quedarás de cabeza cuando yo te toque. Y yo
no estaba
con tiempo para mostrártelo hoy. Piensa en eso. Podrá
ayudar.
El nuevamente se alejo de ella y agarró del escritorio el
sombrero de él. Se puso el sombrero mientras le sonreía
burlón.
— No dejes que mis hermanos te pisen, — él dijo.
— Si uno de ellos te dan cualquier trabajo, dales con el
primer
objeto duro que consigas a mano.
— Ellos parecen ser muy agradables.
— A ellos les gustas, — él contestó. — Pero tienen
planes.
— ¿Planes?
—No va a doler, — él le aseguró. — tu nunca deberías
haberles
hablado de que podrías cocinar.
—Entiendo. — ella murmuró.
— La Sra. Culbertson nos quiere dejar. Ellos no saben
hacer
bizcochos. Es para lo cual ellos viven, una bandeja de
bizcochos
untados con mantequilla casera y media docena de tarros
de jalea.
— ¿Cómo eso me afecta?
—¿No lo sabes? — Él se apoyó contra el escritorio. —
Decidieron
que nosotros deberíamos casarnos.
— ¿Nosotros?
— Somos una familia. Principalmente compartimos las
cosas. No
a las mujeres, pero compartimos las cocineras. —Levantó
su cabeza
y sonrió a la cara ofendida de ella. — Si yo me casase,
ellos no
tendrían que preocuparse cuando tendrán el próximo
bizcocho
fresco para ellos.
— Tu no quieres casarte conmigo.
— Bueno, probablemente encontrarán algún modo para eso, —dijo
prontamente.
— Ellos no pueden forzarme a casarme.
— Yo no haría ninguna apuesta sobre eso. — él dijo. — tu,
sin
embargo no les conoces.
— Eres su hermano. Quieren que seas feliz.
— Piensan que tú me harás feliz.
Ella bajó los ojos. — Debes hablar con ellos.
— ¿Y decirles que? ¿Qué no te quiero? Pienso que ellos no
me
creerían.
— Quise decir, deberías decirles que tú no quieres
casarte.
— Ellos ya tuvieron una reunión y decidieron lo que yo
quiero.
Escogieron ministro y un vestido que ellos creen que tú
estarás
adorable vistiéndolo. Ellos hasta hicieron un embolso de
una
invitación de boda…
— ¡Estás fuera de ti!
— No, no lo estoy. — Fue hasta el cajón de medio del
escritorio, abrió el cajón y agarró lo que era un sobre,
y se lo
mostró a ella. —Produjeron esto, — meneando la cabeza, le
dio el
papel a ella. — Lee aquí.
Era una invitación de boda. El nombre de medio fue
escrito
equivocado. — Es Ellen, no Ellis.
Él alcanzó el bolígrafo que estaba detrás de él, agarró
de
vuelta la invitación, hizo el cambio y se la devolvió.
— ¿Por qué haces esto? — preguntó curiosamente.
— Oh, a ellos les gusta todo limpio y correcto.
— ¡No lo corrijas! ¡Rompelo!
—Ellos harían otra después. Los documentos impresos son
los
que están allá encima. Tu no quieres qué tu nombre de
medio sea
escrito equivocado varias veces, ¿lo quieres?
Ella estaba menos jadeante. — Yo no comprendo.
— Lo sé. No te preocupe ahora con esto. Hay bastante
tiempo.
Ellos aún no decidieron por una fecha definida, de
cualquier manera.
Ella se levantó, con ojos salvajes. — ¡Tu no puedes dejar
qué
tus hermanos decidan cuándo y con quién te vas a casar!
—Bien, tu vas a tener de impedirlos, entonces, — dijo
fácilmente.
—No lo digas, yo no contaba con eso.
El se puso el sombrero sobre los ojos y caminó hacia
fuera de la
puerta, mientras salía silbando suavemente.
HOLA!! UNA DISCULPA POR DEMORAR ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))
Sigueeee
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