CINCO-Penultimo
Primero ella hizo las cuentas. La mente de ella aún
estaba en un
torbellino por el fervor de Tom, y ella tenía que ser
profesional
cuando hablase con los hermanos de él. Descifró los
números
garabateados de él, equilibrando los libros, comparó los
borradores
que había hecho y llegó a un total.
Ellos ciertamente no estaban sin dinero, y había bastante
dinero en la cuenta de ellos como para alimentar a un
tercio del
Ejército de Patton. Dejó una declaración en la nota que
dejó
garabateada para ellos, se rió del cuadro patético que
ellos habían
pintado de las finanzas de ellos. Probablemente, con
certeza eso
era parte del plan maestro de ellos.
Fue a buscarlos después de que había terminado de
comparar
los libros. Los cuatro estaban en el granero, cuando ella
llegó al
granero todos se levantaron juntos. Dejaron de hablar en
el mismo
momento que ella entró en el campo de visión de ellos, y
supo con
certeza que estaban hablando sobre ella.
—No estoy queriéndome casar, —ella les habló claramente,
y
apuntó para Tom.
— Bien — Leo dijo fácilmente.
— Ese pensamiento nunca pasó por mi mente. — Rey observó.
Cag solamente encogió los hombros.
Tom sonrió.
— He terminado con los libros, dijo tranquila. — Quiero
ir a
casa ahora.
—Aún no almorzaste, — Rey dijo.
— Son solo las once, — dijo ella rápidamente.
— Almorzamos temprano, porque trabajamos hasta la noche,
—
Cag explicó.
— La Sra. Culbertson es un poco descuidada, — Rey
suspiró.
—Ella puso alguna carne de buey y caldo de carne en el horno
para calentar. Pero no hizo ningún bizcocho. Nosotros no
tenemos
nada para acompañar el caldo de carne, —dijo Leo.
—No puedo trabajar toda la tarde sin un bizcocho, — Cag
dijo,
mientras hacía señas con la cabeza.
Tom sonrió.
Dorie había pensado que Tom estaba inventando aquella
historia sobre la manía de los hermanos por los
bizcochos.
Aparentemente era la más pura verdad.
— Haz solo una bandeja, — Leo persuadió. — No llevará ni
cinco
minutos. — Miró hacia ella con cautela. — Si tú realmente
sabes
hacerlos, quizá no sepas. Quizá estaba diciendo hace poco
que tú
podías, solo para impresionarnos.
— Eso es cierto, — Rey añadió.
—Sé hacer bizcochos, —ella dijo, —Puedes mostrarme la
cocina
y os lo mostraré.
Leo sonrió. — ¡Ciertamente qué te la mostraré!
Media hora después, la bandeja de bizcochos había sido
tan
rápidamente consumida que parecía que ellos la habían
desintegrado. Leo y Tom estaban luchando por el último, y
partieron el bizcocho en la prisa, y acabaron dividiendo
entre ellos
mientras los otros dos se sentaron, Habían comido más
parte de
ellos, porque habían tenido manos más rápidas.
—La próxima vez, tienes que hacer dos bandejas, — Tom le
habló. — No dio ni para llenar el agujero del diente de
Leo.
— Ya lo noté, — dijo ella, sorprendentemente por la
manera que
había comido con tanta apreciación y placer los bizcochos
que había
hecho.
— Le haré una bandeja con panecillos la próxima vez,
— ¿Panecillo? — Leo parecía lánguido. — ¿Sabes hacer
panecillos caseros?
—Pensaré ahora mismo en las alianzas del matrimonio, —
Rey
dijo, mientras limpiaba la boca de él y salía lejos de la
mesa.
— Tengo la invitación corregida en mi bolsillo, — Cag
murmuró
cuando se levantó también.
Leo se unió a los otros dos a la puerta. — Dijeron que
ellos
pueden conseguir el vestido venido de Paris de aquí a dos
semanas,
— Leo dijo.
Dorie intentó hablarles. Pero antes de ella pudiese abrir
la
boca, los tres habían salido rápidos afuera y cerrado la
puerta,
mientras salían hablando animadamente entre ellos.
— Pero, yo no dije— ella exclamó.
—La, la, — Tom dijo, astutamente mientras añadía otra
cucharada de jalea en su propia mitad del bizcocho que
permanecía.
— Es cierto. Olvidaron de llamar el ministro y hacer la
reserva.
Solo en aquel momento, la puerta se abrió y Leo asomó la
cabeza dentro. —¿Eres Metodista, Batista o Presbiteriana?
—le
preguntó.
— Soy…Presbiteriana, — ella vaciló.
Él hizo mohín. —El ministro presbiteriano más próximo
está en
Victoria, —murmuró pensativo, —pero no te preocupes, yo
lo traeré
aquí. — Dijo cerrando la puerta.
— ¡Espera un minuto! — ella lo llamó.
Las puertas del pick-up se cerraron tres veces. La
máquina
rugió. — Muy tarde, — Tom dijo completamente
imperturbable.
— ¿Pero tu no me oíste? — ella estalló. — ¡Por Dios,
fueron a
buscar un ministro!
— Difícilmente te casarás en la iglesia sin uno, —
insistió él.
Gesticuló para el plato de ella con un tenedor al pedazo
grande
restante de su carne de buey. — No desaproveches eso. Es
de
nuestra propia crianza. Alimentado con maíz, sin ninguna
hormona,
ningun antibiótico, ningún insecticida. Los criamos sin
ninguna
perturbación, hacemos una segura operación ambiental
aquí.
Quedó distraída. — ¿De verdad?
— Somos los renegados, — él le habló. — Ellos dan un
suspiro
cuando nos ven llegando a convenciones de ganadería.
Normalmente
nosotros vamos con los Donavan. Ellos hace pocos estaban
como
nosotros sobre la ganadería. Ellos y los hermanos
Ballenger fueron a
varias exposiciones sobre producción de ganadería y
alimentos sin
adictivos. Mejoró un poco desde que su sobrino vino a
vivir con él y
él se casó. Pero le gusta el modo como nosotros hacemos
las cosas.
—Te creo. — Saboreó el último pedazo de carne de buey. —
Es
realmente buena.
— Batería en la que come carne de cerdo, — él observó, y
sonrió.
Ella estalló a reírse. — Tu hermano Cag tuvo que hablar
de ese
asunto.
— Él solo come carne de buey o pescado. Él no tocará nada
que
venga de un cerdo. Dice que es porque no le gusta el
sabor. — se
acercó conspirando. — Pero yo digo que es a causa de
aquella
película a la que él vio. Amaba el cerdo adorable.
— ¿Qué película?
— Una con el cerdo hablante.
— ¿Cag fue ver esta película?
— Le gustan los dibujos animados y las películas
románticas. —
Encogió los hombros. — ¿Extraño, no? Es el más serio de
nosotros.
Mirándole, tu nunca sabes que él tiene sentido de humor o
que es
tan sentimental. Él está como los otros en la falta de
buena mirada
convencional. La mayoría de las mujeres no ven nada
además de la
nariz y ojos grandes.
— Una cobra con un conejo, — dijo sin pensar.
Él se rió. — Exactamente.
— ¿Odia las mujeres cómo lo demás de vosotros?
— Difícil de decir. Tú nunca lo viste con un esmoquin en
una
fiesta social. Mujeres, mujeres realmente bonitas, ellas
lo siguen
a su alrededor hasta echan las llaves del cuarto de ellas
a sus pies.
— ¿Qué hace él?
— Sigue guardándolas.
Dejó caer el tenedor. — ¿Y qué haces tu?
El sonrió burlón. — Ellas no tiran las llaves de sus
cuartos a mis
pies. Cojear me dejó fuera.
— Tonterías, — ella dijo. — Eres el más guapo de los
cuatro, y
no son solo los ojos.
Él se apoyo en su silla para mirarla. Los ojos de él se
estrecharon pensativamente. —¿Tú te horrorizas porque yo
cojee?
— No seas ridículo — ella dijo, mientras erguía los ojos.
— ¿por
qué debía?
— Yo no puedo bailar muy bien.
Ella sonrió. — Yo no salgo siempre a bailar.
— ¿Por qué no?
Ella tomó un trago de café. — No me gusta cuando los
hombres
me tocan.
Los ojos de él alteraron. — Pero te gusta cuando yo te
toco.
—Tú no eres un extraño, — dijo simplemente.
—Quizá yo lo sea, — él murmuró. — ¿Qué sabes tu de mí?
Ella lo encaró. — Bien, tienes treinta seis años, eres un
ranchero, nunca te has casado, eres de San Antonio.
— ¿Y?
—No sé más, — dijo lentamente.
—Fuimos una pareja durante varias semanas antes de que
dejaras la ciudad. ¿Eso es todo cuanto aprendiste?
—Siempre fuiste una persona cerrada, — ella le recordó.
—Nunca hablaste sobre ti y tus hermanos. Y realmente
nunca
hablamos mucho cuando estábamos juntos.
— Pasábamos más tiempo besándonos —recordó él. —Yo
también fui muy cerrado intentando ir a tu cama sin
preocuparme
mucho sobre lo que sabíamos uno del otro, —dijo con
desdén. —
Desaproveché mucho tiempo.
— Dijiste que nosotros no deberíamos mirar para detrás.
—Lo estoy intentando. Es duro, a veces —. Él avanzó y
agarró las
manos de ella entre las suyas sobre la mesa. —Me gusta la
música
clásica, pero me gusta de la misma manera de música
country y pop.
Me gusta un buen juego de ajedrez. Me gustan las
películas de
ciencia ficción y el viejo Westerns, soy cariñoso. Soy
madrugador, trabajo duro y no engaño en mis declaraciones
de
renta. Fui a la facultad para aprender como domar
animales, pero
nunca me formé.
Ella sonrió. — ¿Te gusta el hígado frito?
Él hizo un mohín. — ¿Y a tí?
Ella hizo otro mohín. — Pero no me gusta cualquier dulce,
— ella
dijo, mientras acordándose que él no hizo.
— Buena cosa. Nadie aquí las come.
—Me acuerdo. — Dio una ojeada a la cocina cómodamente
grande. Había un fogón eléctrico nuevo y un refrigerador
enorme,
acompañado por un congelador vertical. El lavabo era de
acero
inoxidable con dos pozos, con una ventana sobre el lavabo
para
apreciar el pasto donde los potros eran criados. Próximo
a eso
estaba un lavadero de loza. Había también bastante
espacio en el
ambiente.
— ¿Cómo es ésa? —Él preguntó.
Ella sonrió. — Es un sueño de cocina. Apuesto que la Sra.
Culbertson ama trabajar aquí.
—¿Tu lo harías? — Él preguntó.
Ella encontró los ojos de él y sintió su propio titubear
a la
intensidad de lo mirada fija de él.
—Si tú puedes hacer pan casero, tienes que ser una
cocinera
realizada, — él continuó. —Hay una batidora de última
generación
en el armario, y todos los instrumentos conocidos que un
gourmet o
una mujer conozca para manosear.
—Es muy moderno.
—Va a estar muy desierto en aproximadamente tres semanas,
— él informó.
— ¿Por qué, la Sra. Culbertson va a dejaros?
—Su esposo tiene cáncer, y ella quiere jubilarse y
quedarse en
casa con él, para largos contactos con él, —dijo
abruptamente. Él
bromeó con su taza de café. —Llevan casados cincuenta
años. —
Respiró hondo, y sus ojos estaban muy oscuros cuando
ellos
encontraron los suyos. — Creí toda mi vida que ningún
matrimonio
pudiese durar por mucho más tiempo que algunos años. Las
personas
cambian. Las situaciones cambian. Los conflictos en el
trabajo. —
Encogió los hombros. — Entonces la Sra. Culbertson vino
aquí para
trabajar, con su esposo. Y yo tuve que comerme mis
palabras. —
Bajó los ojos de él a la taza — Ellos siempre estaban
agarrándose
las manos, ayudándose uno al otro, mientras estaban juntos
y
hablando por la mañana. —Ella le sonrió, y estaba tan
guapa. Él
sonrió después. — Nadie necesitaba decir que ellos se
aman el uno
al otro. Era obvio.
— Mis padres también eran iguales, — ella recordó. — Papá
y
Mama se amaron uno al otro terriblemente. Cuando ella
murió, yo
casi también lo perdí. El vivió para mí. Pero la última
cosa que él dijo
en su lecho de muerte — ella contuvo las lágrimas. —Fue
el nombre
de ella.
El se levanto de la mesa y fue a la ventana que había
encima del
lavabo. Él se apoyó contra el lavabo, mientras respiraba
pesadamente, como si lo que ella había dicho le hubiera
afectado
poderosamente. Y lo afectó en realidad.
Ella lo miró entre lágrimas. — No te gusta oír hablar de
matrimonios felices. ¿por qué?
— Porque yo tuve la misma oportunidad una vez, — dijo él
con
tono bajo. — Y yo salté fuera de esto.
Ella deseó saber que había sido de esa mujer. Nadie había
hablado que cualquiera de los hermanos de Kaulitz nunca
había estado
comprometido. Pero podría haber habido alguien de lo cual
ella no
había oído hablar.
—Tú eres quien dice que no podemos mirar atrás, — ella
observó, mientras se enjugaba los ojos con la servilleta.
— No es posible dejarlo. El pasado nos hace ser las
personas
que somos.— Suspiró cansado. — Mis padres nos tuvieron a
los
cincos en diez años. Mi madre no quería tener el primer
niño. Ella no
tuvo una elección. El tomó la chequera de ella y la
mantuvo
embarazada. Odió a mi padre y a nosotros en igual medida.
Cuando
ella partió fue casi un alivio. —Se giró y miró por la
cocina hacia
ella. —Yo nunca fui tratado con ternura. Ninguno de
nosotros lo fue.
Es por eso que somos del modo que somos, es por eso que
no
tenemos mujeres a nuestro alrededor. La única cosa que
sabemos
de las mujeres es que ellas son traicioneras, frías y
crueles.
— OH, Tom, — dijo suavemente, mientras se estremecía.
Los ojos de él se estrecharon. — El deseo es una cosa
caliente
e incontrolable. El sexo puede ser bastante agradable.
Pero yo me
quedo alegremente incapaz en tener una mujer para
sujetarme del
modo que tú hiciste en mi oficina y besar mis ojos. — La
cara de él
se puso dura como la piedra. — No puedes imaginar como me
sentí.
— Pero yo puedo, —contestó ella sonriente. — Besaste mis
ojos.
— Sí. — Él acordó.
Él parecía tan perdido, tan solo. Bajó de la mesa y fue a
él,
parándose frente a él. Las manos de ella apretaron
suavemente
contra el pecho ancho de él mientras ella observaba los
ojos de él.
— Tú sabes más de mí de lo que siempre conté a cualquiera
otra
persona, — dijo serenamente él. — ¿Ahora no piensas qué
ya es
hora de que me cuentes qué te pasó en Nueva York?
Ella suspiró angustiada. Tenía vergüenza de hablarle lo
estúpida
que ella había sido. Pero ahora había una razón mayor. Lo
iba a
herir. Ella no entendió cómo sabía esto, pero lo supo.
Iba a culparse
por todo nuevamente, por el modo en que ellos se habían
separado.
— No ahora, — ella dijo.
— Estate segura. Nosotros no tenemos más secretos entre
nosotros, —dijo solemnemente.
— Te herirá, — ella dijo.
— La mayoría de las cosas que hicimos estos días. —
murmuró
y restregó el muslo de él. Agarró la mano de él y a
apretó calurosamente.
— Ven y siéntate.
— No aquí.
Él la tiró hacia la sala de estar. Estaba tibia, oscura y
quieta. Él
la condujo a la butaca grande de él, la arrastró y la
hizo sentar en
su regazo.
— Ahora, háblame. — él dijo, cuando la hizo recostarse en
su
largo tórax.
— No es una historia agradable. — murmuró.
— Dime. —él exigió. Ella frotó la mano contra la camisa
de él
mientras cerraba los ojos. — Hallé un anuncio en un
panfleto. Era
uno de esos anuncios grandes que prometen las estrellas,
solo una
cosa de esas para atraer a una niña del interior e
ingenua que piensa
que ella puede entrar en una carrera de modelo. Recorté
el anuncio
y telefoneé para al número.
— ¿Y?
Ella hizo un mohín. — Era un fraude, pero no reconocí
esto al
principio. El hombre parecía ser muy agradable, él tenía
un estudio
en un local bueno de la ciudad. Belinda había ido a
Europa a
pasar una semana al servicio de la revista donde ella
trabajaba, y yo
no supe con quien sacar mis dudas en cuanto a esto. Creí
que era
legal. — los ojos de ella se cerraron y ella lo apretó
más íntimo,
mientras sentía los brazos de él a su alrededor más
firmemente,
como si él supiese que ella estaba buscando confort.
— Prosigue, — le persuadió suavemente.
— Él me dio unas ropas para experimentar y él tomó fotos
mías
con las ropas que yo usaba. Mientras yo estaba sentada
allí, solo en
un traje de baño de dos piezas, y él me dijo que yo me
quitase la ropa.
— La respiración
de él la calmó bajo la oreja de ella. — Yo no
pude, — ella soltó. — Y tampoco le pude dejar mirarme, no
importaba que buen empleo yo pudiese conseguir, le dije.
Entonces
la cosa empezó a ponerse fea. Él me habló que él estaba
en el
negocio de producir calendarios de personas desnudas y
que si yo no
hacía las fotos, él me llevaría al tribunal y me
procesaría por no
cumplir el contrato que yo había firmado. No, yo no leí
el contrato,
—dijo cuando él preguntó. —El documento decía que yo
aceptaba en
posar comoquiera que el fotógrafo quisiera de mí. Y yo
sabía que yo
no podía contratar un abogado.
— ¿Y? — Su voz sonó tan fría como el hielo.
Ella se mordió el labio. — Mientras yo estaba pensando
sobre
las alternativas, él se rió y vino a mí. Me dijo que
podría olvidarme
del contrato, si yo fuese bien habilidosa. Pero que él
tendría que
tener un retorno por el tiempo que él ha desperdiciado
conmigo.
Dijo que yo tendría que acostarme con él.
— ¡Buen Dios!
Ella alisó la camisa de él, mientras intentaba calmarlo.
Las
lágrimas caían de los ojos de ella. —Yo luché, pero no
era bastante
fuerte. Él me desnudó sin que yo lo percibiese. Luchamos
en el suelo
y él comenzó a pegarme. —la voz de ella se rompió y ella
sintió a
Tom endurecerse contra ella. — Tenía un anillo de
diamante en
la mano derecha. Fue con él que cortó mi mejilla. Yo ni
me di cuenta de
esto hasta mucho tiempo después. Él me pegó hasta el
punto que yo
no pude golpearlo más, morder o gritar. Yo nunca podría
haber
escapado. Pero una de las niñas de él, una de las que no
le importó
en posar desnuda, entró en el estudio. Era la amante de
él y ella se
puso furiosa cuando lo vio conmigo...Así que. Ella empezó
a gritar
cosas y tirarle objetos. Agarré mis ropas y corrí.
Ella tembló incluso cuando se acordaba de la humillación,
con
miedo que él viniese detrás de ella. — Conseguí correr
bastante
para parecer decente en medio del camino, y regresé al
apartamento de Belinda. — Ella tragó.
— Cuando yo estaba lo bastante calmada para hablar, llamé
a
la policía. Ellos lo cogieron y lo llevaron a comisaría
por tentativa de
estupro. Pero él dijo que yo tenía firmado un contrato y
que no
estaba feliz con el dinero que él me había dado, y que yo
solo grité
estupro porque quise salir fuera de la transacción.
El escupió un improperio, — ¿Y entonces qué pasó?
— Él ganó, —dijo en tono derrotado. —Tenía amigos e
influencia. Pero la historia fue divulgada
considerablemente y
localmente durante dos o tres días, y él estaba furioso.
Su hermano
tuvo un comportamiento sórdido y él empezó a hacerme
llamadas
obscenas y haciéndome amenazas. No quise poner a Belinda
en
cualquier tipo de peligro, entonces yo me mudé mientras
ella aún
estaba en Europa y nunca le conté cualquier cosa sobre lo
que había
pasado. Arreglé una colocación en Nueva Jersey y trabajé
allí
durante dos años. Entonces Belinda se mudó a Long Island
y me
pidió que volviese. Había un trabajo bueno en una Empresa
de
abogacía y tenía una oficina bonita junto a la casa de
ella. Como
tengo habilidades como dactilografía, así conseguí el
empleo.
— ¿Qué sabes sobre el hermano? — él preguntó.
—Él no supo donde hallarme. Supe después que él y el
fotógrafo
estaban teniendo dificultad con la policía sobre un
proyecto de
pornografía que ellos estaban envueltos. Irónicamente
ambos
fueron a la prisión tan pronto como yo dejé Manhattan.
Pero por
mucho tiempo, incluso tenía miedo de venir a casa, en el
caso de que
cualquiera de ellos me estuviese siguiendo. Tenía miedo
por mi
padre.
— Pobre niña, — dijo él pesadamente. — ¡Buen Dios! Y
después
de todo lo que había ocurrido aquí... —Los dientes de él
crujieron
cuando él se acordó de lo que él le había hecho.
—No hagas eso, —dijo ella suavemente, mientras con las
manos
alisaba las arrugas pesadas entre las cejas de él. — Yo
nunca te
culpé. ¡Nunca!
El cogió la mano de ella y la trajo junto a su boca. —
Quise ir
detrás de ti, —dijo él. —Pero tu padre me lo impidió.
Dijo que tu
odiabas la simple mención de mi nombre.
— Yo lo odié, al principio, pero solo porque yo estaba
muy
herida por como las cosas habían ocurrido — Ella miró a
la barbilla
firme de él. — Pero me habría puesto feliz con solo
verte.
— Yo no estaba seguro de eso. — Él miró la boca de ella.
—
Pensé que podría estar todo bien dejando las cosas de la
manera
que estaban. Eras tan joven, y yo era cauteloso con
complicaciones
en mi vida solo. — Suspiró suavemente. —Hay otra cosa que
tú no
sabes de mí.
— ¿Puedes decírmelo?
Él sonrió suavemente. —Estamos compartiendo nuestros
secretos más profundos. Supongo que puedo. Tenemos un
quinto
hermano. Su nombre es Simon.
— Tú lo mencionaste la primera vez que viniste a verme,
con
aquel bouquet.
Él confirmó con la cabeza. — Está en San Antonio. Después
que
tú dejaste la ciudad, sufrió un accidente y se quedó en
coma.
Nosotros no podíamos ir, y dejar la hacienda sola. Así que
fui yo.
Pasaron varias semanas antes que yo pudiese volver.
Cuando volví, tú
no estabas viviendo con Belinda y no pude hacer que ella
me hablase
de donde estabas. En cuanto tu padre vino encima de mí
como un
ladrillo, yo perdí el coraje.
— ¿Te relacionaste con Belinda?
— Sí.
— ¿Quisiste encontrarme?
Él buscó los ojos de ella calmamente, — quise saber si
estabas
segura, que yo no te había herido mucho. Por lo menos yo
tenía la
esperanza que no mucho. Yo no podía esperar más.
Ella localizó las cejas de él, perdida en una intimidad
súbita. —
Soñé contigo, — ella dijo. — Pero cada vez, que venías a
mí,
recordaba.
Él localizó el pulso que latía en el cuello de ella. —
Mis sueños
eran un poco más eróticos. Yo te tuve en modos y lugares
que no
puedes imaginar, cada uno más caliente que el otro. Yo no
podía
esperar más para llevarte a la cama, de la forma en que
yo podría
tenerte nuevamente.
Ella se ruborizó. — Al principio, quieres decir, ¿después
de
partir?
La mano de él la acarició sobre la garganta. —Durante
ocho años.
Todas las noches de mi vida...
Ella contuvo la respiración. Ella podría tener esto o
difícilmente
nada. Los ojos de él estaban brillando. — ¿Todo este
tiempo?
Él asintió con la cabeza. Miró la piel suave donde la
blusa se
había abierto, y su cara se endureció. Los dedos de él
arrastraron
ligeramente abajo un poco arriba de la cintura de ella,
sobre la
curva de su seno. — Yo no toqué en ninguna otra mujer
desde que
dejaste Jacobsville, — habló carrasposo. —No fui un
hombre
completo desde entonces.
Los ojos abiertos de ella se llenaron de lágrimas. Ella
tuvo una
buena idea de como sería para un hombre como Tom no haber
tenido ninguna mujer. — ¿Y porque luchamos al final?
— Era porque nosotros casi hicimos el amor, —susurró él.
—
¿Olvidaste lo que hicimos?
Evitó los ojos de él, mientras los escondía con
dificultad.
— Dejaste de ser una virgen, — dijo él calmadamente,
—pero solo
técnicamente. Estuvimos juntos en tu cama, —la recordó,
—desnudos uno en los brazos del otro. Hicimos todo menos
sobrepasar las últimas barreras. Tu cuerpo casi estaba
abierto para
mí, estaba en contra de ti, estábamos moviéndonos
juntos...Y fue
por ésa causa es que tú lloraste cuando me sentiste
íntimamente.
Saliste de debajo de mí y corriste.
—Tuve tanto miedo, —susurró avergonzada. —Dolió, y
continué
recordándome lo que yo había sentido, lo sentí tan
íntimamente...
—No habría dolido para siempre, — dijo suavemente. —Y no
habría sido tan traumático, no contigo. Pero tú no
supiste conocer, y
yo estaba muy excitado para persuadirte también. Perdí mi
paciencia en vez de agarrarme. Y nosotros pasamos tantos
años
separados, mientras sufríamos por esto.
Puso su rostro calido contra el pecho de él cerrando sus
ojos.
— No quise recordar lo lejos que habíamos ido, —dijo como
en una
niebla. —Te herí terriblemente cuando me retiré...
— No tanto, —dijo él. — Nosotros ya habíamos hecho el
amor
de muchos modos que yo no estaba tan hambriento. — Él le
alisó su
cabello suave. — Deseaba una disculpa para dejarte.
— ¿Por qué?
Los labios de él tocaron el cabello de ella. — Porque yo
quería
dejarte embarazada, — él susurró, mientras sentía el
salto que el
cuerpo de ella dio cuando escuchó esto. —Y me asustó
hasta la
muerte. Ya ves, las mujeres modernas no quieren tener
bebés,
porque ellos son una trampa. Mi madre me enseñó eso.
HOLA!! YA VA A TERMINAR ESTA NOVELA ... NO SE SI TODAVIA QIERAN QUE PUBLIQUE LAS DEMAS QUE FALTAN DE ESTA SERIE ... ME DICEN QUE TAL ... 3 O MAS Y AGREGO EL FINAL ... HASTA PRONTO :))
Tom xq callaste tanto. Me encantaaa..
ResponderEliminarClaro que si Virgii. Subee todas las series. Amo leer :)
Virgi subeee ;)
ResponderEliminarSigueeee
ResponderEliminarVirgiii que pasooo??
ResponderEliminarTodo bien?